El poder judicial ha vendido
su alma al poder político. La llamativa reducción de la condena de Jaume Matas,
la exculpación de José Blanco en la investigación del ‘caso Campeón’, la
militancia en el Partido Popular del presidente del Tribunal Constitucional, el
doble excarcelamiento de Miguel Blesa (con la posible sanción al juez
Elpidio José Silva) y el deplorable papel de la Fiscalía, como perro guardián
del Gobierno, en el ‘caso Urdangarin’ debilitan, si cabe, un paso más a España.
La vergonzosa fulminación del juez Garzón, como instructor de la Trama Gürtel,
marca una pauta en los tribunales españoles que muy poco tiene que ver con lo
que la sociedad espera de ellos. A los poderosos, ni tocarlos.
La confianza y la esperanza de los ciudadanos en una imprescindible regeneración de la democracia española pasa imperiosamente por una justicia activa, sin complejos y libre. ¿Nos equivocamos? La justicia española, en la lucha contra la corrupción, parece, sin embargo, bailar al empalagoso ritmo de aquella famosa canción con la que muchos conocimos a Ricky Martín: "Un, dos, tres. Un pasito p'alante, María. Un, dos, tres. Un pasito p'atrás". Con una diferencia, la 'María' de la justicia se llama clase política.
